El crujir de la leña seca rompió el silencio perfecto de la noche en el campo, liberando un torrente de chispas anaranjadas que bailaban hasta perderse en el cielo estrellado. Don Manuel ajustó su ruana de lana gruesa y removió las brasas con una vara de roble, dejando que el aroma inconfundible del café de olla endulzado con panela inundara el ambiente helado. A su lado, sentada en una vieja mecedora de madera crujiente, Doña Rosa no prestaba atención al frío ni a la danza del fuego. Sus ojos cansados, rodeados de profundas arrugas trazadas por ochenta años de sol y siembras, brillaban con una intensidad inusual mientras miraba la pequeña pantalla iluminada de un teléfono celular.
Una sonrisa genuina e imborrable iluminaba su rostro curtido. Manuel, apoyando sus manos rasposas sobre sus rodillas, la observó con una mezcla de curiosidad y ternura infinita. Llevaban sesenta años compartiendo silencios, tempestades y madrugadas, y él conocía cada expresión de su compañera. «¿Qué tanto le miras a ese aparato Leer más







